COMIENZA A DESCUBRIR «ALCOBAS LICENCIOSAS»

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“El asunto consistía en desnudar las intimidades guardadas en la buhardilla del escrúpulo. Dentro de baúles atosigados de recuerdos. Exhibirlas. Mostrar los paños del pudor. Atreverse a confesar en detalle las experiencias fuesen o no escabrosas. Sin ningún doblez ni rubor, describir lo que ocasiona zozobra, voluptuosidad, miedo a expresar hechos del pasado, en cualquier sentido, sin importar el sonrojo”.

Así comienza su relato Edgar Torrealba, protagonista de “Alcobas licenciosas”, libro publicado por Edición Digital, quien a través de la narración de su vida en la casa de las hermanas de su padre, con la historia de Chile como marco sutil, nos va contando como fue su despertar sexual en manos de la empleada de la casa.

La novela fue escrita en 1995 y al autor, le tomó años de trabajo revisándola  exhaustivamente, “pues me animaba a crear no un modelo de erotismo, porque no soy profesor en la materia, sino a expresar cómo se debe entender la relación de pareja en su intimidad.  No la publicaba, porque siempre creía que podía ser mejorada. Ha sido la novela que más trabajo me ha significado por su temática. Los originales se los hacía leer de preferencia a mis colegas escritoras, pues ellas me iban a señalar el verdadero sentido de mi propuesta ya que la visión femenina me importa demasiado.

Treinta o cuarenta años atrás, en la televisión se censuraban escenas relacionadas con el sexo incluso con el beso; en la radio no se podían imaginar programas que trataran el tema y mucho menos libros, afiches, carteles que trataran o insinuaran el tema públicamente y el tema se relacionaba con personas impuras, obscenas e incluso perturbadas mentalmente.

ALCOBASEl libro, que está en formato impreso en papel y digital, fue lanzado en Santiago el pasado 4 de junio en el Café Literario del parque Balmaceda y asistieron cerca de 50 personas.

El también escritor Jaime Hales, fue el encargado de presentar el libro.

 

 

 

En la actualidad, es fácil comprobar que existe una mayor desinhibición o como algunos lo llamarían un mayor destape. Sin embargo y coexistiendo con ese destape, todavía en Chile el sexo está rodeado de un aura de misterio y en todos los estratos socioeconómicos de esta población hay mitos, prejuicios y falta de información ya que mucha información, a veces desinforma.

A partir de los años noventa, tanto la televisión como la aparición de Internet han logrado traer aires de cambio. Por un lado, las telenovelas trataron seriamente, temas como la homosexualidad, el machismo, la infidelidad sin caer en lo burlesco o lo humorístico. También incluyeron la transformación de los roles del hombre y, especialmente, el de la mujer en la sociedad mostrando el tránsito de un rol centrado en la maternidad y el trabajo doméstico hacia un mundo público y de trabajo. Además, incluyeron en sus tramas como protagonistas a diferentes identidades sociales, grupos antes considerados solo para la caricatura o bien estigmatizados socialmente.

La literatura no ha quedado ajena a este fenómeno. Artículos sobre el tema señalan que “sin embargo, aunque las historias de sexo, dominación y sadomasoquismo han invadido las librerías, no es menos cierto que la literatura erótica hace mucho tiempo que existe en el mercado literario. Y si bien este furor erótico ha captado tanto a hombres como mujeres, es a estas últimas a las que ha logrado atrapar, pues las lectoras femeninas se muestran cada vez más interesadas por la narración romántica, pero detallada del contacto amoroso que va desde el porno soft (porno suave) hasta la perversión sexual”.

ALCOBAS-Según el autor, Walter Garib, “la iniciación sexual siempre ha sido tema tabú, aunque ahora se percibe un cambio cultural. Nuestra generación vivía amedrentada por el sexo y no se hablaba de él. Todo se aprendía en conversaciones con amigos o se leía en novelas eróticas: Henry Müller, Marqués de Sade, las Mil y una noches, El Decamerón y las eternas basuras que se publicaban con fines abyectos. Nuestra generación frecuentaba los burdeles para iniciarse en su sexualidad. El sexo es parte fundamental de la formación de nuestra identidad cultural y hablar de él es como referirse al amor, al placer, a la pasión, o a cualquiera actividad vinculada al ser humano.

Walter Garib considera que “desde hace infinidad de años se ha escrito sobre erotismo, por no decir siglos. En La Biblia lo hay, como en los libros sagrados de numerosas religiones. Si examinamos la historia de cualquier pueblo, vemos cómo el erotismo, ha permeado las costumbre. En algunas de ellas se ha convertido en el centro de la vida.

Y en cuanto a la literatura, hoy se escribe sobre erotismo con infinita liberalidad, pero atención: la mayoría de las novelas lo exponen sin una visión de vida, desprovista de amor, casi mecánica y ello las convierte en mala literatura”. En Alcobas licenciosas se muestra cómo al amparo de la tradición y las relaciones asimétricas entre patrones y clases trabajadoras, se ha practicado el abuso sexual a través de prácticas toleradas y arraigadas en la sociedad latinoamericana.

Las mujeres encargadas del servicio doméstico en casas de familias particulares, han estado presente desde los tiempos de la Colonia en toda Latinoamérica y dado que las familias eran numerosas, el servicio doméstico tenía mucha demanda y representaba un símbolo de estatus y prestigio ante las demás familias. La distancia que existía entre la familia y estas mujeres, pasaba por como se les nombraba: criadas, sirvientas, caseras, coimas, mucamas, guisas. Y hace muy poco tiempo, se les ha denominado empleadas, reconociendo de esa manera la formalidad de su trabajo.

El trabajo doméstico, al ser realizado en un espacio privado (el hogar), se inserta en un entramado cargado de valores sobre el rol de la mujer y de la familia en la reproducción de la sociedad; cruzado por discursos sobre la crianza de los niños, tradiciones y recetas, discursos sobre paternidad; y enmarcado en una historia de esclavitud, servidumbre y división étnico-racial del trabajo. En la época colonial, este trabajo fue realizado por mujeres indígenas, migrantes del área rural y en el caso de ser parte de familias de inquilinos, las jóvenes podían ser enviadas o incluso “vendidas” a la casa patronal para realizar trabajos a cambio de comida, vestido y alguna educación.

La falta de perspectivas para las mujeres en el campo, donde la mano de obra masculina era la preferida, hizo que la mayoría se ocupara en el servicio doméstico, que en un horario sin fin, le correspondía una serie de tareas que iban desde el cuidado de los niños, la limpieza, la comida hasta el servicio sexual al señor de la casa y la iniciación de los hijos mayores ocurriendo, en muchas ocasiones, con la complicidad de la dueña de casa.